De vuelta inversa

Tuvo que ser tu madre la de la cuarta, porque el primerizo era el médico y después de que las tres primeras hubieran caído fuera de sus manuales, las únicas lágrimas que se desparramaban por el paritorio seguían siendo las que salaban su bata umbilical, así que no le dejaban ver siquiera si te estaba dando la torta en el culo o estaba golpeando la camilla de rojo con sus dedos. Y ni aún así. Ni con la ostia de tu madre, ni con el carrusel de vacunas de los dos años ni con el siete de los siete en la rodilla que había perdido de vista la bicicleta, ni en los patines de los ocho a los dientes, ni en las gafas partidas por el suelo de los nueve, ni en las gafas volando por los cielos de los diez. Ni tan siquiera cuando a los once aprendiste a ganar dinero y a romperte las medias con ello.
No llorabas, porque te daba igual. Sangrabas, claro que sangrabas, y en la garganta de las monjas el santoral entero, y en tu madre el santoral entero, pero no precisamente en la garganta. Sangrabas, y se te rompían los músculos, y los huesos, y el alma de los enfermeros, te lo decían esas fotografías negras que la luz fracturaba de blanco. Pero te daba lo mismo. Cuanto mayor el golpe, menor el dolor. Como una piedra que, contra la superficie del lago, se hunde casi sin hacer ruido si la has lanzado demasiado fuerte; como el grito de un sordomudo.
Así que tenías el pijama verde en propiedad, y venías de turismo por todas las plantas. Cuando nos cruzamos, ni siquiera noté que te había rozado. La puta de mi madre me había enseñado bien a no hacerlo. Lo mancharás, y luego no podrás limpiarlo, y luego los porqués y los dioses y la desgracia familiar. Por eso no tendría que haberte rozado al entrar y pensaba que no lo había hecho, pero tus ojos en grito se me vinieron encima en aquel ascensor que me llevaba a cardio y supe que sí, y no pude evitar, como los niños que vuelven a tocarse un moratón, grapar de nuevo el dorso de mi mano, en carne viva, al nacimiento de tu cuello. Suavemente, sin apretar. Ya sospechaba en tus pupilas que los dos habíamos nacido en inverso. Y nos habíamos criado en estados carenciales. Lo que no imaginaba era que los gritos que desbocabas en mis yemas me los devolverías por dentro antes incluso de que se abrieran las puertas.
Antes de decirme, al salir, que no te buscara en días de viento, que del dolor no podías salir a la calle.

Comentarios

adictaacruzarenrojo ha dicho que…
Cuando le pongan voz al puto blog, sí, un blog para ciegos por ejemplo, no te imaginas de la gente que va a empezar a sacarse los ojos...
Pequeña C. ha dicho que…
volviendo

que es lo que importa...
Pablo Esteve ha dicho que…
Volviendo volviendo..y continuamos sacando del mal gusto algo positivo de toda esta ciudad.
un saludo oceánico

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